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1. Maricón de España
UNO DE los cambios que más celebré cuando me saqué el carnet de conducir a los diecinueve años es que al fin podía dar un paso más en el travestismo que arrastraba con vergüenza desde los diez años. Hasta entonces me limitaba a bucear en los armarios de mis hermanas para probarme sus ropas, pero a partir de ahí me iba en coche a Mungia, Derio o Leioa y una vez allí me vestía de mujer y me paseaba unas horas, feliz de la vida, disfrutando hasta el éxtasis de mi taconeo o del roce de las ropas sobre mi cuerpo. Pero resultó que todo el mundo me miraba con miedo o asombro o en silencio, como si fuera una ornitorrinca, pues se trata de pueblos más o menos pequeños donde rige la idiosincrasia euskérica de la discreción, el silencio y el “saber estar”, por lo que no me sentía ni siquiera un milímetro de cómoda. Hasta que descubrí Sestao.
—¡Vanessa, eres preciosa!
—¡Guapa, guapa, guapa!
—¡Vaya porte!
—¡Pedazo de maricón!
—¡Condesa de los payos!
La primera vez que fui a Sestao coincidí en mi caminata con una zona de gitanos donde me recibieron a grito pelado, como si fuera una fiesta mi presencia, y ahí descubrí que me gustaba mucho más este modo de comportarse conmigo que el de los habitantes de los pueblos euskéricos, siempre contaminados de seriedad. Pero mi júbilo llegó al máximo en las veces siguientes, porque resulta que la gente hablaba conmigo y me daba cositas:
—Vanessa, ven, que tengo algo para ti.
No sé la de faldas, pendientes, collares, perfumes o barras de labios que me regalaron en los diez años que fui por allí. Cada vez que aparecía con periodicidad de dos o tres veces al mes, a los gitanos se les iluminaba la cara y me celebraban y me regalaban cosas sencillas y baratas procedentes de los mercadillos donde algunos de ellos trabajaban. Hasta que un día una gitana llamada Sofía de cuyo nombre nunca me olvidaré me regaló un vestido rojo y amarillo:
—Pero Sofi, —le dijo otra gitana—, cómo le regalas ese vestido, a ver si le van a pegar por la calle.
—¿En Sestao? —respondió ella—. ¡Qué va!
Lo decían porque el rojo y el amarillo son los colores de la bandera de España y pueden suponer problemas en algunas zonas nacionalistas vascas, sobre todo las rurales, pero Sestao es una de las zonas más españolas de Vizcaya, con inmigrantes procedentes de muchas otras zonas de la península, y de hecho todos los gitanos de Sestao que conocí se sentían muy españoles. Por eso, en la siguiente ocasión que cogí el coche y visité Sestao me puse precisamente el vestido rojo y amarillo, que por cierto era un vestido de vuelo superbonito que me llegaba sobre la rodilla, y la alegría de los gitanos se desbordó. Fue ese día cuando me dijeron por primera vez la expresión:
—¡Maricón de España! ¡Divino maricón de España!
Y claro, yo, que siempre he tenido una relación conflictiva con la palabra España, contraria a ella entre los 14 y los 18 años de mi vida, cuando era nacionalista vasca; ni a favor ni en contra entre los 18 y los 30 años, cuando dejé de serlo, y otra vez en contra a partir de que se muriera mi padre y empezara a aborrecer todo tipo de nosotrismo, enseguida me di cuenta de que no era lo mismo “España” que “maricón de España”. Me di cuenta de que el segundo término me gustaba, sobre todo por el ambiente de alegría con el que me lo decían, por lo que recuerdo que comencé a ponerme ese vestido sin parar, porque además era muy cómodo, y los gitanos me siguieron regalando más cosas rojas y amarillas.
—¡La Pantoja de Sestao!
—¡La reina de la patria!
Cuando tenía 28 años, dos años antes de venirme a Madrid, pasé cuatro meses viviendo con Iratxe precisamente en Sestao. Iratxe conocía mi travestismo, pero nunca le dejé que me viera travestida porque yo, cuando me visto de mujer, no solo me visto de mujer, sino que cambio de psicología completamente y me convierto en otra persona que sospechaba que a Iratxe no le iba a gustar. Iratxe ya tenía la mosca detrás de la oreja sobre mi sexualidad desde hacía mucho tiempo, porque desde el primer minuto le dije que no estaba dispuesta a tener relaciones sexuales con ella en lo que se refiere a la penetración, que me causa terror y náuseas. Ella pareció aceptarlo, porque además tenía problemas en el colon y a ella tampoco le gustaba, pero lo de que solo “parecía” lo comprobé en los siguientes años, cuando al mínimo calentón conmigo me salía con que ella necesitaba un hombre con una buena polla y que estaba harta de mí:
—¿Qué diferencia hay entre salir contigo y salir con un amigo gay, Alberto? ¿Qué diferencia?
Los cuatro meses viviendo en Sestao fueron maravillosos por una parte, porque multipliqué mi número de salidas travestis, pero también hubo algunos problemillas, por ejemplo cuando algunos gitanos me encontraban por la calle el día en que no iba vestida de Vanessa y se decepcionaban conmigo:
—Vanessa, ¡tienes que luchar!
—Vanessa, no te avergüences de lo que eres.
Pensaban los gitanos que yo me vestía de señoro porque no resistía la presión del entorno y en parte tenían razón, pero no sé hasta qué punto. En aquel tiempo yo no sabía de verdad quién era (tampoco lo sé ahora al 100%) y aún pensaba que podría ser un hombre con ciertas fases de travestismo. El otro problemilla fue precisamente que cada vez que salía con Iratxe a la calle tenía miedo de encontrarme con los gitanos, pues temía que me gritaran “Vanessa” o “maricón” con la misma sana naturalidad con la que me lo gritaban cuando no iba con ella, por lo que ponía las excusas más variopintas para evitar la zona gitana de Sestao. Tuve siempre la suerte de que, las veces que me encontraron con Iratxe personas que me conocían como Vanessa, nunca me dijeran nada:
—Vanessa, te vimos el otro día con una chica.
—Sí, mi hermana mayor —les mentía yo—.
Tampoco quiero decir que los gitanos de Sestao tuvieran travestifilia. Al revés, había de todo y la mayoría de ellos y de ellas eran de un machismo elemental. A veces, cuando alguna gitana me elogiaba mucho por «olé tu valentía», salía su marido u otra gitana y le espetaban:
—Pero vamos a ver, Josefa, tú que alabas tanto a Vanessa, ¿qué harías si tu hijo se volviera como Vanessa?
—¿Mi hijo como Vanessa? —contestaba Josefa, cambiando de pronto de opinión—. ¡Lo mato! ¡Lo mato con mis propias manos!
Entonces todo el mundo rompía a reír y se ponía de acuerdo con Josefa, pero después de unos minutos comenzaban a reflexionar y al final le quitaban la razón:
—Si tu hijo se vuelve Vanessa lo aceptas, Josefa, como haríamos todas con un hijo. ¡Anda que no hay también maricones entre los gitanos! ¡Se llora tres noches, pero a la cuarta lo aceptas!
Me ha venido a la cabeza esta historia porque el viernes pasado, en Carabanchel, cuando comía menú del día en uno de los tres bares de la zona donde les caigo muy bien, la camarera me dijo:
—Oh, sueles venir muy “patriótica”.
—No —le dije yo—, es justo al revés, pero me encanta el rojo y el amarillo.
Todos tenemos contradicciones, pero las mías no caben en cinco trailers. Cómo decir que soy antiEspaña pero a la vez promaricón de España. AntiEspaña porque tengo un problema no solo racional sino de carácter estomacal con los autóctonos de todas las partes del mundo, empezando por los vascos, que suelen tender a la pureza, al egoísmo y la mediocridad, a defender un “nosotros” pequeño, cutre y creado en-contra-de. Pero a la vez soy promaricón de España porque me gustan todas las personas que parecen extranjeras en un lugar, lo mismo gitanos, maricones, trans, negros, indios o musulmanes, a los que noto enseguida que se comportan de forma más frágil, sin dar puñetazos en la mesa, como si fueran de una zona limítrofe o “no hubieran nacido allí”.
Los gitanos de Sestao fueron el primer grupo con el que me sentí bien como travesti. Fue tal el cariño que me cogieron que, una vez que me pasé tres meses sin visitarles, se preocuparon tanto que me trasladaron que en adelante, en el caso de que algún día me pasara algo con “algún imbécil”, que se lo dijera a ellos para darle un escarmiento:
—¡Como no aparecías te juro que pensábamos, tate, a Vanessa ya le han dado una paliza por vestir así!
Es una de las cosas más bonitas que me han pasado en la vida: ¡hasta entré a ser una protegida de ese círculo de venganzas de los gitanos, que no sé si es una leyenda que se cuenta sobre ellos o es realidad verdadera!
Cuando llegué a Madrid, sin embargo, tuve otro ataque de masculinidad y de autovergüenza y me desprendí de toda mi ropa de Vanessa, entre ella la roja y amarilla y también el vestido famoso que me regaló Sofía, el que más me he puesto en mi vida. Pero pronto volví a las andadas para confusión mía, pues me di cuenta de que la vida paralela que llevaba, que en Vizcaya había pasado desapercibida por la discreción de sus habitantes, en Madrid era hipercelebrada e hiperescandalosa porque los madrileños son más abiertos y charlatanes. Más de una vez sucedió que vecinos de Lavapiés le hablaron a Iratxe del «maricón del barrio», con mucho jolgorio, refiriéndole cómo vestía y movía el culo, sin saber que le estaban hablando de su marido, por lo que ella me empezó a decir medio en serio medio en broma que no sabía a qué había venido yo a Madrid, si «a ser escritor o a ser maricón». Más tarde me di cuenta de que era inútil insistir en mi masculinidad, sobre todo si no estoy dispuesta a tener sexo con las mujeres, por lo que poco a poco volví a comprarme ropa y recuperé mi nombre verdadero de Vanessa, que ahora lo siento como si lo hubiera llevado desde la tripa de mi madre.
Es verdad que por mediación de Sofía acabé encaminándome a la prostitución, como contaré en el siguiente capítulo, pero eso hubiera ocurrido de cualquier forma, pues mi cuerpo está lleno de dragones y uno de ellos es el de tener sexo con hombres cueste lo que cueste. Por encima de cualquier oficio o pasión, yo soy puta y siempre seré puta. Si no hubiera sido por Sofía, de hecho, mis comienzos de escort habrían sido mucho peores, porque gracias a ella me convertí en lo que soy de forma casi «invisible» para mí.
Fue aquel grupo de gitanos el que me puso los nombres de Vanessa y maricón de España. Aquellos gitanos los que, en lugar de abochornarse de mí, me celebraban e incluso me regalaban ropas y fruslerías femeninas. Que captaron que yo no soy un hombre ni una mujer, sino otra cosa que también estaban dispuestos a aceptar para sus hijos «después de llorar durante tres noches». Recuerdo el día en que Sofía me regaló el vestido rojo y amarillo, con qué orgullo decía a las demás “ese vestido se lo regalé yo, es como nacido para ella”. Recuerdo también que Iratxe, a pesar de todas las precauciones que tomaba con ella para que solo descubriera la punta de la punta de la punta del iceberg de mi travestismo, una vez estuvo a punto de pillarme: fue el día en que miró dentro de mi armario de Vanessa y se quedó sorprendida por el predominio de un color.
—¡Cuánta ropa amarilla! —me dijo, sorprendida—. ¿Te gusta el color amarillo?
—Sí, —le respondí con nervios—. Mucho.
No sé por qué casualidad Iratxe no se dio cuenta de que en aquel armario, además de mucho color amarillo, había la misma cantidad de color rojo, ropa que me ponía sin parar porque me gustaba y sabía que les gustaba a los gitanos, sobre todo a Sofía. Por qué milagro no descubrió que yo, en Sestao, no solo era su marido Alberto, sino también Vanessa y el maricón de España.
2. La puta de la Guardia Civil
EN AQUELLAS jornadas felices los gitanos de Sestao se dieron cuenta de un detalle que a mí me pasaba desapercibido, el de que una travesti como yo, que con tanta exageración movía el culo y con tanto loquerío parodiaba a las mujeres más relamibuenas, no podía sino pretender secretamente “un novio”. Pero había división de opiniones sobre lo que yo necesitaba:
—Tú necesitas un hombre bueno y honrado, Vanessa.
—Tú necesitas un tío de dinero que te lleve al hotel Carlton.
—Tú necesitas un hombre mayor que te pague unas tetas.
Y entonces Sofía, que era la gitana que adivinaba todo lo que me pasaba por dentro en una época en la que ni yo misma lo sabía, dijo entre las risas y algarabía de todos:
—Lo que necesita Vanessa es una buena polla.
De inmediato comenzaron a buscarme un novio en las siguientes semanas, elección que yo fingía rechazar pero en el fondo me excitaba mucho, y en la que me delaté manifestando un rechazo sospechoso a los homosexuales y mariquitas del barrio que me iban ofreciendo como posibles pretendientes, y en cambio dejándome querer cuando me proponían hombres casados, jóvenes heteros u oficiales con uniforme. Cuando Sofía descubrió mi pasión por los hombres uniformados abrió mucho los ojos y gritó:
—¡Ya está, Joaquín!
Joaquín debía ser un guardia civil que iba todos los fines de semana a la calle San Francisco o a Las Cortes de Bilbao a tener sexo de pago. Pero las prostitutas que él contrataba tenían un rasgo común: siempre eran travestis. Decía Joaquín que las travestis se entregaban mucho más, la chupaban mejor y no ponían problemas a la hora de ofrecer el culo:
—Y además es un hombre muy educado —me añadió Sofía—. Trata muy bien a las chicas. No es ningún cerdo.
Yo, por supuesto, le respondí indignada en el plan de yo seré travelo pero jamás puta, quién te has pensado tú que soy yo, etc., pero la semilla ya estaba sembrada, más cuando Sofía me dijo que no se trataba de una prostitución sino “una experiencia más”, aunque mucho más daño me hizo que me dijera que Joaquín era famoso entre las mujeres por el tamaño de su “tranca”.
Volví a casa superexcitada y en las siguientes semanas no paré de pensar en la polla de Joaquín, magnificándola aún más. Por supuesto ya en aquel tiempo me di cuenta de que había algo tóxico en mi sexualidad, pero tampoco conseguía racionalizar porque fueron días en que que me comportaba de manera ciega y hasta Iratxe me lo decía:
—No sé que te pasa desde que estamos en Sestao, estás como sonámbulo.
Sofía me llamó una vez para concertar una cita con Joaquín: yo la rechacé muerta de miedo. A la segunda que me llamó estuve a punto de ir y ya a la tercera le dije que sí. Recuerdo que, más sonámbula que nunca, me puse la minifalda amarilla más corta que tenía con un top-sujetador rojo, pues Sofía ya me había avisado que a Joaquín, guardia civil que era, le entusiasmaba mi homenaje a la enseña nacional.
Cuando llegué me encontré a solas con Sofía, que me peinó y me pintó los labios. Me iba a maquillar entera, pero Joaquín llegó antes. Era un hombre bastante apuesto para su edad cincuentona, con bigote y cara de persona muy segura de sí misma. Nada más verme me dijo:
—Así que esta es la famosa Vanessa.
Yo traté de disculparme por no estar maquillada, pero él me cortó enseguida con la mano:
—Lo que importa no es la carrocería, sino el motor.
Sofía dijo que nos dejaba “solos”; estábamos en un pub nocturno que estaba cerrado, pues eran las cuatro de la tarde, y que tenía una habitación detrás de la mesa de billar. Joaquín, después de servirse un whisky y darme a mi una cerveza, me llevó a la habitación, que estaba toda recamada de satén rojo supercursi, y de inmediato se sacó la polla.
Lo que vi me dejó en fuera de juego.
Enseguida se me puso dura. Nunca jamás había estado tan excitada.
La polla de Joaquín no era tan grande como me habían dicho ni como yo había fabulado, pero era muy gruesa y estaba apuntando hacia mí.
Lo asombroso es que no dudé un segundo. Esa polla era mía. Lo reafirmé cuando al tocarla se puso más gorda y erecta. Sí, sin duda era mía.
Me arrodillé y empecé a chuparla con la lengua. Yo no sabía de sexo con un hombre salvo cosas que había visto en las pelis porno, aunque entonces veía muy poco porno, pero sabía que las pornstar escupen en la polla para lubricarla y poder patinar mejor con la boca. Yo no escupí, pero bebí un poco de cerveza y no me la tragué toda. Empecé a chupar. Empecé a chupar con toda mi alma…
Pero había dificultades. Para empezar, en aquella primera vez me pareció que era muy difícil respirar con una polla en la boca. Trataba de respirar con la nariz, pero necesitaba más aire. También me costaba mucho abarcar el grosor. No tenía dificultades con la largura, pues su polla no era muy larga, sino con el grosor, dificultades que aumentaron cuando Joaquín, después de cuatro o cinco minutos en que chupaba infructuosamente, me cogió de la cabeza y empezó a empujarla ora hacia delante ora hacia atrás, metiéndomela hasta la garganta y sacándomela con la misma violencia, como haciéndome un facefuck, mientras me decía vamos, puta. Al principio temí por mi nariz, pero él se dio cuenta y me puso un poco de perfil, con lo que conseguí chuparla más intensamente. Así, para mi sorpresa, en dos o tres minutos más él empezó a gemir, a respirar entrecortado y finalmente se corrió en mi boca. Recuerdo la corrida muy bien y no me pareció la asquerosidad que había imaginado, sin duda por la excitación que me produjo. Un poco me lo tragué, otro poco lo escupí en un vaso, y otro poco de lefa me corría por la comisura del labio. Mientras tanto, Joaquín ya se había subido de nuevo el pantalón y me dijo:
—Vas a ser un vicio, Vanessa, un vicio, porque te entregas, y eso es todo lo que queremos los hombres.
Y después de decirme esto me añadió en un tono amigable si podía decirme algo malo “que tampoco es malo”.
—Sí, di lo quieras —le dije yo.
—La próxima vez trata de mirarme de vez en cuando a los ojos —me dijo—. Es que has estado todo el tiempo mirando y chupando mi polla, eres la órdiga, no te interesaba nada más de mí. Pero lo ideal es que chupes y, de vez en cuando, hagas conexión visual con mis ojos y me sonrías o me guiñes un ojo. —Vale, le dije yo.
Yo estaba muy aliviada de haber pasado la “prueba”, pero entonces sucedió algo que os juro que yo entonces no capté las consecuencias que tenía, y es que Joaquín extrajo de su cartera un fajo de billetes y me dio 50 euros. Los euros habían comenzado dos años antes, en 2002; hasta entonces se pagaba en pesetas. Y yo, que le había jurado a Sofía que antes muerta que puta, resulta que los cogí con una sonrisa en la boca y me los metí en el bolso, como si fuera el inicio de una bonita amistad.
En la siguientes semanas Joaquín me empezó a llamar como tres veces a la semana y se repitió la misma escena, aunque yo cada vez la chupaba mejor y me las ingeniaba para respirar por la boca en los momentos en que se la chupaba con la lengua. Al de tres semanas me llamó Sofía diciendo que me quería hacer “un regalo”: el regalo resultó ser una pomada anal. Fue la primera vez que albergué sospechas de aquella gitana, de la que me habían llegado malos rumores de que «era capaz de vender a sus propias hijas»:
—Oye, Sofía, ¿no estarás quedándote tú con una parte del dinero que me da Joaquín?
—¡Hola! —me respondió indignada—. A ti que te importa, si él me ha dicho que ni apartas la mirada de su polla, tal es el hambre que traes. ¡Agradecida a lo que estoy haciendo por ti deberías estar!
Tuve que callarme, porque la verdad es que Sofía tenía razón. Ese mismo día Joaquín me dio por el culo después de untada la famosa pomada, y lo sorprendente es que me gustó y se me puso mi polla durísima, más incluso que cuando se la chupaba. Sin embargo, horas después me empezó a doler el culo, tanto que hasta estuve por ir a urgencias, pues la famosa pomada de Sofía solo te libraba del dolor durante la primera hora posterior a ser taladrada. Sin embargo, era tal mi locura y mi pasión por las pollas, la “fiebre de la hamburguesa” que se desataba en mi mente cada vez que me llamaba Joaquín, que dos semanas después ya estaba ofreciéndole el culo otra vez, hasta llegar a lo de hoy, que lo que más me gusta es que me taladren el culo, pues encuentro mil delicias en sentirme dominada por un macho grande y fuerte.
Recuerdo muy bien que era 7 de febrero, fecha fundacional de mi vida, pues ese día me di cuenta de que ya no había marcha atrás, y era tal la impresión que recibí, al punto de no saber si mis músculos y mis huesos seguían en el mismo sitio, que debí llegar a casa con tal semblante que Iratxe me dijo, nada más verme:
—¡Jesús, Alberto, qué cara traes! ¡Parece que has visto a la Virgen!
Cinco meses después de haber chupado la polla de Joaquín por primera vez, yo ya era una chupapollas consumada y un culo lo bastante duro para resistir los embates de su tranca. Como lo debía hacer muy bien y a veces me tragaba su lefa, mi fama llegó a sus compañeros y algunos también experimentaron el deseo de “catarme”. Así pasé a follar con un segundo guardia civil, un tercero, un cuarto, así hasta siete, alguna vez (aunque rara) con dos juntos y hasta con tres. Tampoco había muchos, porque en aquel tiempo ya la Ertzaintza se iba extendiendo por toda Euskadi e iban quedando menos cuerpos españoles. Recuerdo dos o tres meses en que gané entre 1500 y 1800 euros extras: hacía entre uno y dos servicios al mes, siempre con cuidado de no presentármelos como “servicios”, porque vivía como Catalina en las montañas pensando que no hacía nada malo. Y como resulta que siempre he sido una masturbadora empedernida y siempre huelo a paja recién hecha, Iratxe tampoco sospechó nada nunca de mí cuando por descuido volvía a casa sin ducharme con un olor a polla (o a pollas) que apestaba:
—¡Alberto, por favor, deja de hacerte pajas, que eres un puto guarro, y vete a la ducha ya!
Entonces sucedió algo que hizo derribarse por entero mi castillo de naipes. Joaquín me llamó para proponerme un compañero que me quería conocer, el Pepinillo:
—¿Se llama así? —le pregunté.
—No —me respondió—, pero yo le llamo así porque en la Guardia Civil los veteranos como yo nos hacemos llamar los caimanes, y los que son de primer o segundo año son los pepinillos.
El pepinillo no era de Sestao, sino de otra zona que ya no recuerdo. El tipo había oído hablar de mí y quería conocer si era cierto que yo me entregaba tanto y era “Vanessa la que se traga la mayonesa”. La verdad es que era muy educado y me folló genial, pero cuando ya habíamos concluido, ante una llamada que recibió, se vistió muy rápido y se marchó sin decir palabra. Yo estaba indignada:
—Joaquín —le llamé por teléfono—. Estoy muy enfadada.
—¿Qué te pasa, Vanessa?
—Que tu famoso “pepinillo”, nada más follarme, se ha ido y no me ha pagado.
—¿Cómo? —dijo Joaquín, igualmente indignado—. Tú tranquila que ahora mismo arreglo esto.
Al final el pepinillo (no sé si se llamaba Carlos) me llamó y me pidió perdón. Quedamos en un parque de Sestao y me dijo nada más verme, todo compungido:
—Ay, Vanessa, lo siento, yo no sabía que tú eras puta de la Guardia Civil de Sestao.
—¿Qué? —le dije yo, atónita—.
—Sí, como te veía que te acercas mucho a los hombres y les tocas el cuerpo, pensaba que eras una guarrilla de la zona, no una profesional, lo siento mucho. Toma el dinero, te doy 2000 pesetas más por el disgusto.
Como yo estaba muy indignada de que me llamara tan literalmente «puta», pues puta solo me llamaban cuando me follaban y jamás en la calle, él también se acabó enfadando con mis remilgos y me dijo:
—Vamos a ver, Vanessa, ¿mis compañeros te han besado alguna vez en la boca?
—Uno sí que lo hizo una vez —le dije yo.
—¿Te avisan de que se van a correr en tu boca antes de hacerlo?
—No, bueno, lo dicen cuando ya están corriéndose.
—¿Te pagan una vez que te han follado?
—Todos, salvo tú hasta ahora.
—Pues blanco y en botella, leche.
Ese día, cuando regresaba a casa, empecé a ver todo claro. ¿Qué es una persona que tiene sexo con desconocidos y cobra dinero por ello, salvo una puta o escort o prostituta? Una persona que encima, como a mí me ocurría, casi nunca fue besada por sus clientes, pues de mí solo les interesaba el agujero que tenía en la boca y el otro en el culo. Regresé a casa histérica, repitiéndome soy la puta de la Guardia Civil, soy la puta de la Guardia Civil, y cuando vi a Iratxe se me vino el mundo encima, porque ya no tenía sexo con ella, y solo me excitaba con ella pensando en la polla de Joaquín. Tengo que cortar con esto, me dije, si soy puta por lo menos tengo que ser puta lejos de aquí. Tres meses después me fui sola a vivir a Madrid, donde tampoco pude prostituirme al principio con libertad, porque resulta que Iratxe se vino a vivir conmigo tres meses después, si bien con quinientas moscas detrás de la oreja que provocaron que me dejara cuando se dio cuenta de lo que pasaba.
Una de las pocas razones por las que mi padre estaba orgulloso de ser vasco es porque sostenía que en Euskadi no hay putas que sean vascas. “Todas las putas”, decía, “son españolas o extranjeras”. Hubo un tiempo en yo también pensé lo mismo, hasta que la experiencia me lo desmintió precisamente en la persona que tengo más a mano. Luego, cuando llegué a Madrid, al descubrir que allí también es rarísimo encontrarse con prostitutas madrileñas, me di cuenta de lo que pasaba: las putas, allá donde surgimos, nos vamos quinientos kilómetros más allá para no lastimar a familiares o amigos, y así las putas de Valencia ejercen en Vigo, las de Orense en Valencia, las de Bilbao en Cádiz, y así. Sin embargo, guardo un buen recuerdo de mi etapa de Sestao, que de hecho fue mi mejor etapa, porque consistió en hacer de puta sin pensar que era puta, en vender mi cuerpo sin pensar en que lo estaba vendiendo y en ganar un montón de dinero sin el más mínimo escrúpulo.
Tampoco quiero blanquear la prostitución, ¿eh?, porque de hecho voy a escribir un libro entero sobre mis andanzas y en algunos capítulos se verá la parte sórdida de este oficio. Solo he querido decir en este capítulo que, en algunos cuerpos como el mío, la racionalidad no funciona. El cuerpo pide polla y no va a parar hasta conseguir su polla, a pesar de que igual quince minutos antes se ha jurado ser macho-macho para siempre. Ya he dicho que yo no soy ni hombre ni mujer ni vasca ni española ni poeta ni escritora: solo una puta que solo se siente feliz cuando tiene una polla dentro. En Madrid he hablado con otras travestis prostitutas y me ha asombrado conocer cómo algunas de ellas tienen una historia muy parecida a la mía: también ellas no sabían que estaban haciendo algo tóxico incluso cuando ya tenían la polla de un desconocido en la boca y otra en el culo. Cómo sería mi “endemoniamiento” con las pollas de los hombres, que en 2021 di como poeta una entrevista al diario Público donde me proclamaba “antivasca y antiespañola”. De inmediato Joaquín, que por entonces vivía (murió hace unos meses), me mandó un mensaje por el móvil donde me decía muy cachondo:
—Antiespañola de boquilla, porque no he visto a nadie que le guste tanto la polla ibérica y tragar lefa de la Benemérita.
3. La Obregón
FUE POR entonces, cuando ya tenía el culo más trabajado que un yunque y mis mamadas empezaban a cotizarse entre los puteros de Sestao, en ese período en que ya comenzaba a vislumbrar que mis andanzas acabarían mal y barajaba marcharme a Madrid con el fin de salvarme de la quema, cuando me llamó Nerea:
—¡Vanessa! ¡Que me he enterado de que ahora eres Vanessa!
—Oh, sí, a ratos… —le contesté yo.
Nerea era una casi ex que tuve, y digo casi porque nuestra relación se truncó el aciago día en que se me ocurrió llamar la Obregón a un chico que conocíamos, sin saber que ese chico era su hermano. Yo le juré y perjuré que yo no le había inventado ese mote, pero ella no me creyó y la relación decayó un poco hasta que desapareció totalmente cuando comencé a salir con Iratxe. Desde entonces me trataba con mucha distancia, lo mismo ella que su hermano, pero ahora su voz sonaba entusiasmada desde el otro lado del teléfono:
—Pues ven que tengo mucha ropa que no me pongo y te puede servir a ti, ¡qué ilusión!
Acudí a Derio muy emocionada, porque lo que más me gusta en esta vida al nivel incluso del puterío es estar rodeada de mujeres que me traten como a su maricón favorito. Sin embargo, al llegar la encontré esperándome en la puerta de casa:
—¡Cambio de planes, mi ropa es muy revieja y no es para ti! ¡Vámonos a comprar a las Siete Calles!
El plan también me gustaba: pasarme una tarde de tiendas con una chica que me iba a tratar como chica o como maricona perdida es otra de mis predilecciones. Pero cuando bajamos del tren y comenzamos a patear tiendas, me di cuenta de que no le gustaban las normales Zara, Mango, Berskha…:
—Bah, no tienen ropa para ti. Tú necesitas ropa muy especial.
Al fin llegamos a una tienda de ropa colombiana. Cuando entramos, no me podía creer lo que veía: cuero y más cuero, transparencias, minifaldas cortísimas.
—Pero estas tallas son demasiado pequeñas —balbuceé yo.
—Calla, las tallas elásticas son igual que las pollas: parece que no te caben, pero al final te caben —me respondió, en el primer vislumbre que tuve de que Nerea igual sabía sobre mí muchas más cosas de las que parecía.
Al final la dependienta nos mostró un vestido hipercorto de cuero que llevaba un increíble agujero en el culo. Yo no sé qué fue más increíble: que ese putivestido existiera o que yo me lo estuviera probando un segundo después ante el aplauso de las dos:
—Pero se me ve todo el culo —protestaba yo.
—Te queda genial —respondían ellas—. El agujero es aire acondicionado —me decía Nerea riendo—. Mucho mejor que esos horribles vestido rojigualdos que te pones.
¿Rojigualdos? Eso me dejó petrificada. ¿Cómo sabía Nerea que yo me ponía vestidos rojigualdos? Justo le iba a preguntar cuando la dependienta dijo que el putivestido de cuero negro valía 129 euros, con lo que se me olvidó la pregunta y comencé a protestar, pues no tenía ese dinero, pero Nerea se adelantó con su tarjeta y haciéndome un guiño dijo:
—Esto lo pago yo.
A la vuelta en coche, volvieron a surgirme las sospechas de que Nerea sabía muy bien que yo no era solo un hombre que se vestía de mujer. Al principio esquivó mis preguntas, pero de pronto aparcó el coche en la acera y me dijo:
—Mira, Vanessa, voy a ser muy sincera contigo. Hoy es el cumpleaños de una persona a la que quiero mucho y que te admira mucho a ti. Mi idea es que vayas a su casa con ese vestido de cuero y que pase lo que tenga que pasar. Por supuesto que no estás obligada a nada, tampoco a recoger estos cien euros que te doy por las molestias.
Ahí sí que me quedé patifusa. ¿Quién era esa persona que me admiraba tanto? ¿Era hombre o mujer? Sin embargo, como siempre, di un paso que me condenó, que fue el de aceptar rápidamente los dos billetes de 50 euros de Nerea, pues creo que tengo la misma pasión por las pollas que por esos billetes que vienen detrás de ellas:
—¡Genial! —exclamó Nerea, que ya se veía triunfante al ciento por ciento.
Cuando llegamos a su casa me vistió, me maquilló y me llevó a la casa de mi “admirador”. En ningún momento me dijo quién era. En el umbral de la puerta tocó el timbre, abrió la puerta y volviendo al coche, me dijo:
—¡Suerte, Vanessa, luego te llamo!
Como nadie aparecía por la puerta, entré y crucé un pasillo. Cuando llegué a la sala de estar, la persona más inesperada apareció ante mis ojos: era la Obregón. ¡Sí, la Obregón, el hermano de Nerea que yo pensaba que me odiaba por ponerle ese mote, cuando además yo nunca se lo puse! Pero él también me miraba con el mismo semblante estupefaciente con que yo lo miraba. Era una mirada en qué mezclaba asombro y desprecio. ÑComo pasaban los segundos y nadie decía nada, al final dije yo:
—¿Pero no te había dicho tu hermana que yo iba a venir aquí?
—Sí —me respondió—, es que jamás pensé que tú fueras…, en fin…, eso.
Yo me quedé aún más descolocada, pues tardo en captar las indirectas y no sabía si la Obregón estaba flipando solo porque yo era travesti o porque estuviera en su casa o porque fuera puta. Pero esa duda se me quitó enseguida, porque lo siguiente que hizo fue bajarse la bragueta, sacarse la polla y decirme:
—Ven aquí, puta.
Fue decirme eso y en cerocomados ya tenía su polla metida hasta la garganta, que empezó a follarme sin ningún cariño, glups, glups, no como una persona que me “admirara”. Golpes secos, profundos, salvajes. Aunque yo ya era una consumada chupapollas que hasta sabía fingir las arcadas con los clientes, con la Obregón me vi en la necesidad de hacerlas sin ningún fingimiento. De pronto me dijo, mientras me sujetaba la cabeza con las dos manos y me embestía sin piedad:
—¿Por qué me llamabas la Obregón?
—Yo, glup…, glup…, yo no te lo llagma… ba, Iratxe te llamaba así.
Me ahogaba. Él no paraba y seguía percutiendo, golpeando los labios y la nariz contra su pelvis. Mis arcadas eran cada vez más violentas mientras él continuaba con el interrogatorio:
—¿Y por qué Iratxe me llamaba así, hijadeputa?
—No lo sé, glups —mascullé yo, diciendo la pura verdad.
En ese momento la Obregón vio el agujero que había en el culo de mi putivestido de cuero negro y dio por finalizado el facefuck, que fue el más bruto que había recibido hasta entonces. Yo no daba crédito a que aquella mariquita, pues mariquita me había parecido en los años en que la conocí, me estuviera follando con aquella brutalidad tan macho. Pero lo peor estaba por llegar: la Obregón fue a por una botella de aceite y, tras untarla en mi culo, comenzó a follarme como un salvaje no sin antes decirme:
—Quiero que a cada pollazo, cuando sientas cómo mis huevos impactan contra tu culo, digas: “IRATXE, LA OBREGÓN ME ESTÁ ROMPIENDO EL CULO”.
PLAF, PLAF, PLAF, PLAF, PLAF
Entonces empezó a percutirme como si no hubiera un mañana. Cada embestida era un PLAF seco y violento que sonaba en toda la habitación. Me sujetaba las caderas con las manos y tiraba de mí hacia atrás mientras empujaba hacia delante mientras decía:
—Perdona puta pero no te oigo bien…
—Ira… txe —respondía yo—, la Obre… gón, plaf, me está rompien… plaf… do el culo, plaf, Iratxe… plaf, la Obregón… plaf, me está rompiendo, plaf, el culooooooo.
PLAF, PLAF, PLAF, PLAF, PLAF
Cada vez que yo decía esto más se encarnizaba y más fuerte era el culazo que me propinaba. Sentía cómo me abría, cómo su polla me desgarraba por dentro, y eso que no era tan gruesa como la de Joaquín. Mi culo, que yo pensaba lo suficiente entrenado, resulta que no lo estaba tanto, y enrojecía a cada nueva sacudida de la Obregón. También me tiraba del pelo hacia atrás mientras me seguía dando aquellas embestidas brutales entrecortadas por mi voz:
—Ira… txe, la Obre… gón, plaf, me está rompien… plaf… do el culo, plaf, Iratxe… plaf, la Obregón… plaf, me está rompiendo, plaf, el culooooooo.
PLAF, PLAF, PLAF, PLAF, PLAF
Entonces me cambió de postura y me puso boca arriba, con las piernas sobre sus hombros, y volvió a metérmela de un golpe seco hasta los huevos, aún más profundo y brutal. Yo no sabía si estaba recibiendo el mejor polvo de mi vida o estaba siendo violada salvajemente, y solo acertaba a decir:
—Ira… txe —respondía yo—, la Obre… gón, plaf, me está rompien… plaf… do el culo, plaf, Iratxe… plaf, la Obregón… plaf, me está rompiendo, plaf, el culooooooo.
PLAF, PLAF, PLAF, PLAF, PLAF
Al final, cuando notó que tenía ganas de correrse, me gritó:
—De rodillas, puta. Prepárate para recibir mi leche.
Yo me acomodé lo mejor que pude, con mi maltrecho cuerpo, y comencé a recibir la corrida, una gran cantidad de corrida, la más increíble cantidad de corrida que había recibido en mi vida, como de tres hombres juntos, bien porque la Obregón llevaba mucho tiempo sin follar o bien porque yo era para él una ocasión muy especial. Al final acabé con toda la cara llena de leche, tanta que me miré al espejo y no me reconocía. Entonces la Obregón me miró y dijo:
—Ahora llámale a Iratxe y dile que pronto vas a llegar a casa.
—¿A Iratxe? —protesté yo—. ¿Por qué?
—Porque quiero escuchar —me dijo, mientras me extendía un billete de cincuenta euros— cómo la que me bautizó como la Obregón habla por teléfono con su marido que acaba de ser follado y reventado por esa Obregón.
Aquí me comporté con mi falta de racionalismo habitual cuando estoy ante una polla dominante. Cogí el móvil y sin dejar de pasarme la lengua por la lefa de la Obregón llamé a Iratxe:
—¿Ira… txe? Hola, glups, uggg, en una hora, uggg, estoy en casa.
—¿Alberto? ¿Dónde estás? ¿por qué estás jadeando?
—Ohhh, ugggg, por nada…, salí a hacer footing, ugggg, y me he pasado.
—¡Últimamente siempre te pasan cosas raras!
Cuando terminó la llamada, la Obregón acercó de nuevo su polla a mi cara y me pidió un selfie:
—¿Me permites?
—Sí —dije yo, que había recibido cincuenta euros extras y ya pensaba que tenía que decir sí a todo—.
En el selfie salía yo de rodillas, con la cara llena de lefa y sujetando la polla de la Obregón, que estaba de pie, haciendo la señal de la victoria, mientras se veía que en mi móvil sonaba la llamada de Iratxe. Reventada como nunca, humillada como nunca, pero secretamente satisfecha, comencé a secarme y a vestirme para regresar a casa. Cuando me iba a despedir, la Obregón me dijo:
—Por cierto, puta, no me llamo la Obregón, sino Juanjo.
—Gracias, Juanjo —balbuceé yo.
Cuando llegué a casa, Iratxe me recibió con la misma alarma de los últimos meses, de dónde vienes, parece que has recibido una paliza, traes una cara como si hubieras visto a la virgen, eres un pajero de mierda, hueles a paja recién hecha, etc. Yo iba como sonámbula por la habitación, con el culo dolorido, y al final acerté a decir:
—Por cierto, Iratxe, ¿te acuerdas del hermano de Nerea? ¿Por qué le llamabas la Obregón?
—Joder, Alberto —rompió a reír Iratxe—, porque era una locaza y una mariquita perdida, muy exagerada y fantástica, como Ana Obregón. Cada vez que se acercaba a un hombre, ponía el culo en pompa, pidiendo polla a gritos. A ese ya le habrán dejado el culo como la bandera de Japón.
No pude más que considerar cómo cambian los tiempos y las posiciones de las personas. Yo, que era antes un macho deportista, ahora era una puta chupapollas; y en cambio la Obregón, que era la mariquita oficial de Derio, ahora era Juanjo el musculado empotrador de culos de pago. De pronto recibí un mensaje en mi móvil, era de Nerea.
¡Vanessa, ya he visto el selfie que me ha enseñado Juanjo, estás preciosa, ni en mis mejores sueños imaginaba un final tan feliz! Te pido perdón por algunas cosas que te oculté: yo sabía que te habías metido a puta en Sestao por Carlos, al que tú conoces como «el pepinillo», que es amigo de mi cuñado Andrés. Entonces pergeñé el siguiente plan: como mi hermano Juanjo lleva enamorado de ti muchos años y todavía lo estaba, pensé que si le comunicaba tu estado actual te iba a “olvidar”, pero resultó que no, pues se negó en redondo a aceptar que fueras puta y lo atribuyó a envidias de los demás. Así que para su cumpleaños decidí contratarte para que él pudiera ver con sus propios ojos tu condición verdadera. Ya me puedes perdonar si no te conté todo el plan desde el principio; entiende que el único propósito que me guiaba era desenamorar a mi hermano de una vez. A ti te respeto, ojo, y qué mayor prueba de mi respeto que los 229 euros que he pagado por tu servicio, entre el putivestido y la tarifa, pero como comprenderás no quiero que un miembro de mi familia se una para siempre a una puta.
POSTDATA: ¿Es cierto que gritabas “IRATXE, LA OBREGÓN ME ESTÁ REVENTANDO EL CULO” mientras mi hermano te taladraba? Jajaja, eres genial, ya me contarás un día, besos.
Ese día puse una cruz a Vizcaya. Sin duda tenía que salir de allí y marcharme a Madrid o Barcelona. El problema de ser puta es que, aunque lo seas solo una vez, es una condición que corre como la pólvora entre los oídos más diversos y ya no te abandona en toda la vida: ¡cómo para ocultarlo si en vez de una ya habías hecho docenas de servicios a siete hombres, Juanjo el octavo!
Existía además otro problema que yo no capté en toda su extensión hasta que llegué a Madrid, y es que yo no soy solo una puta, sino una sissy puta. Las putas a secas son seres capaces todavía de conservar su dignidad; pero las sissies disfrutamos siendo humilladas, incluso cuando pensamos que nos estamos resistiendo a esa humillación. Yo vi claro que Nerea me estaba preparando una trampa desde que me metió en la tienda colombiana; yo vi claro al ver a la Obregón que aquello era una trampa y, sin embargo, seguí adelante porque a mi cerebro ya le había entrado “la fiebre de la hamburguesa” y ya solo pensaba en la promesa de polla y dinero, o de dinero y polla, que nunca sé qué es lo que me excita más.
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Neorrabioso, sobrenombre de Vanessa Basterrechea Martínez, es una escort travesti pasiva nacida en Lauros en 1974, que opera principalmente en Carabanchel (Madrid), con disponibilidad tanto en su piso como a domicilio u hotel. También se desplaza a zonas cercanas como Vallecas, Alcorcón, Coslada, Fuenlabrada, Móstoles y Parla.
Nacida en Lauros (Vizcaya) en 1974, comenzó a ejercer la prostitución en 2005, aunque fue levemente conocida como poeta urbana entre 2007 y 2023, con el nombre de Batania Neorrabioso. Una vez que perdió su biblioteca, abandonó la poesía para siempre (salvo para relatar sus experiencias prostibularias) en medio de la polémica y se dedicó al escorting al ciento por ciento con el nombre de Vanessa Neorrabioso, aunque ella reniega de la denominación «escort», que le parece eufemística, y reivindica su derecho a que le llamen «puta», palabra que dice que la empodera.
Servicios principales que ofrece (según sus anuncios):
- Sexo oral (francés natural, garganta profunda, con o sin condón, terminación oral, tragada/polvo en la boca —destaca como «la que se traga tu mayonesa»).
- Sexo anal (griego, siendo ella pasiva/receptiva).
- Besos en la boca.
- 69, masturbación/handjob, finalizaciones (facial, corporal).
- Otros: Lluvia dorada, sumisa, charla sucia, posible dominación ligera, fotos/vídeos durante el encuentro (en algunos perfiles). milescorts.es
Es descrita como alegre, complaciente, extrovertida y amigable. Atiende principalmente a hombres (hetero), también posibles dúos o más. Ofrece compañía completa (cena, charla, ver películas, etc.) además del servicio sexual.
Tarifas aproximadas (de perfiles recientes):
- 30 minutos en su piso: ~70 €.
- A domicilio: desde ~100 € (pueden variar según distancia y tiempo).
Se recomienda preguntar precios y disponibilidad directamente, ya que varían. Está disponible 24/7 con reserva previa.
Contacto habitual: Teléfono/WhatsApp +34 651 700 403 (aparece en múltiples anuncios). Tiene perfil en sitios como Pasión Madrid, CitaPasión, Choosescorts, Milescorts, Empirescorts, Skokka, Madrid69, hEscort, TuEscort, Happy Escorts, Bluemove, Locanto, Scompi, Top Escorts Babes, EscortNews, Real Escorts, EuroGirlsEscort o TS Beauties. Se anuncia en la mayoría de ellos como «Vanessa la que se traga la mayonesa».

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